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Procesos Creativos

El tiempo del no tiempo

Por Guadalupe Caballero

“No hay tiempo para las cosas” dice Abel Vázquez, bromeando un poco acerca del juego de palabras en que consiste el nombre de la obra. El tiempo de no tiempo, representa a las dos hijas del pintor: Citlalli y Meztli, ambas amantes de la naturaleza, seres espirituales en busca de su propio tiempo.

El cuadro está dividido entre la tierra y cosmología. Lo más impresionante del arte de Abel, es que siempre juega no solo con sus títulos, sino también con las formas y figuras que plasma. De un lado, el cuadro te cuenta una historia, pero si lo volteas unas 3 veces más, obtendrás versiones distintas del relato; esto es, sin duda, lo que lo vuelve peculiar y atractivo.

A primera instancia, lo que más llama la atención es la figura de la mujer trenzada, que en palabras de Abel, representa a Citlalli. Debajo o a lado de ella (dependiendo de cómo el espectador lo observe) aparece la naturaleza, el mar, las plantas y los animales rodeándola; lo que al principio parece un caracol, puede tornarse en pájaros, cisnes o garzas, todo ello siendo abrazados por la cosmología y la tierra y haciendo del paisaje un enigma en cuanto al significado.

Del otro lado, se encuentra Meztli. Puede parecer en una lectura, un ángel con las alas cerradas cayendo a lo más profundo del vacío, su cabello representa el agua, su mirada es conmovedora y también observadora. De su figura, si se mira de cerca, se observa una cara dibujada, así como unos brazos que arrojan semillas al aire. Todo esto denota la conexión entre su ser y la tierra, funge un papel de cuidado hacia ésta y al mismo tiempo habla de un vínculo de protección que quiere alcanzar con su hermana.

Al voltear el cuadro, la figura ya no está cayendo, sino bailando en el aire o el universo, encontrándose a sí misma. Ahora el mar se vuelve un cactus, las estrellas se vuelven flores y los pájaros unos pescados. Las manos del ángel, representan la luz, la energía que todos tenemos en nosotros; lo que era antes cosmología se convierte en tierra, la mano se mete al mar, alimenta a los pescados y se vuelve un ciclo de vida, se conecta con la naturaleza y a su vez, con ella misma.

Otros elementos como los puntos azules en el cuadro, simbolizan flores, estrellas o luciérnagas. A esto, Abel cuenta que en su tierra natal, solía acostarse en el campo y mirar al cielo; lo que para muchos podían parecer estrellas comunes, para él podía ser un enjambre de luciérnagas. Es la noche una fuente de inspiración, así como el color rojo y ocre que se ve plasmada en la obra, siguiendo los trazos tan sutiles y elegantes, tomando a la naturaleza como tema principal para dar a entender lo importante que es no solo en cuestiones artísticas, sino también universales.

“No hay tiempo para destruir o no destruir, es hacer un diálogo, ¿Para qué esperar el tiempo? Simplemente hay que hacerlo, el tiempo no existe.” Finaliza el pintor. Su obra, puede ser descrita como un rompecabezas, una ilusión óptica y un enigma; el espectador ve lo que quiere y se toma su propio tiempo para apreciar y descifrar lo que hay ante sus ojos.

Abel no busca dar una respuesta para el cuadro, sino que encuentra la belleza y regocijo ante la interpretación que las personas otorgan de su arte.

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